Mons. Julio

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Mons. Fr. Julio Ojeda Pascual, O.F.M.

Nació en Monasterio de Rodilla, Provincia de Burgos, Arquidiócesis de Burgos, España, el 12 de Abril de 1932. Fueron sus padres: Elías y María Magdalena.

En el año de 1943 ingresó como postulante a la Orden de Frailes Menores en el Colegio Seráfico de Anguciana, en la provincia de Logroño. De allí, con otros compañeros, llegó al Perú el 2 de noviembre de 1944. Siguió los Estudios Eclesiásticos elementales. Pasó en 1948 al convento de los descalzos de Lima, donde inició el año de noviciado canónico, profesando de votos temporales en 1949. Continuó los Estudios Eclesiásticos Superiores en la Casa de Estudios mayores de la Orden en Ocopa (Provincia de Concepción, Departamento de Junín) y, concluidos los mismos, fue ordenado de sacerdote el 6 de enero de 1957. Más tarde, los Superiores le enviaron a estudiar en la facultad de Educación de la Universidad Católica de Lima, y pasado el tiempo, obtuvo el título de Profesor de segunda Enseñanza.

Fue Provincial de la Orden Franciscana en la Provincia de San Francisco Solano, y en 1987 preconizado Obispo Titular de Fissiana y Vicario Apostólico de San Ramón. Recibió la Ordenación Episcopal el día 5 de Julio de 1987 y ese mismo día tomó posesión del Vicariato.

Le tocaron años muy difíciles. Durante los 4 años anteriores el Vicariato estaba sin obispo, administrado por el Vicario General. La característica de este Vicariato es que cada misión o parroquia tiene una fisonomía distinta y un funcionamiento autónomo. Además eran tiempos de guerra y terrorismo. Una parte de los misioneros no acudía a las asambleas anuales y la comunicación era bastante pobre. La psicosis del terror ha hecho lo suyo y llenaba a muchos de desconfianza o suspicacia. La pastoral trataba de mantener algunas de las acciones de antaño. Algunos misioneros fallecieron y otros se retiraron a la Provincia.

En estas condiciones Mons. Julio recorría diligentemente todas las misiones y parroquias, varias veces al año y trataba de animar el trabajo pastoral. Se preocupaba, incluso más allá de lo requerido, por la salud y el bienestar de los misioneros. Le causaba mucha preocupación los misioneros en peligro. Aún así, ninguno se retiraba voluntariamente de los lugares peligrosos.

Poco a poco, con la llegada de la paz, las parroquias empezaron a florecer de nuevo, con nuevos retos. Cada vez más misioneros venían a las asambleas y hubo un ambiente más distendido. Empezaron a llegar nuevos agentes de pastoral, se intensificó la participación de los laicos, se abrieron escuelas de formación de los mismos, se organizó la acción caritativa, se elaboró el plan pastoral de 1995-2000, se desarrollaron diversos proyectos y construcciones… Es imposible enumerar todos y cada una de las obras en estos 16 años: el Señor los conoce. Asimismo conoce la buena voluntad, el sacrificio, los desvelos, el sufrimiento y el corazón humano de nuestro pastor.

Gracias por todo, Mons. Julio y siga ayudando al Vicariato.

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