P. José

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ENTREVISTA AL P. JOSÉ WALIJEWSKI

Chontabamba 14 de Agosto de 2003

¿Dónde nació e hizo sus estudios?

Nací en Grand Rapids (Michigan) hace 79 años. Ingresé en el postulantado franciscano porque tenían misiones en Hispanoamérica. Tras 4 años de estudios, mis superiores me dijeron que no podía ser sacerdote. Mis notas no eran suficientemente buenas. Entonces decidí acudir a un seminario para estudiantes de origen polaco que no conocieran suficientemente la lengua inglesa. Después me costó encontrar obispo que me quisiera incardinar. Finalmente el obispo de La Crosse en Wisconsin me acogió porque necesitaba sacerdotes que hablaran polaco para atender a los emigrantes de este origen.

¿Cómo vino al Perú?

Recuerdo que de niño, cuando tenía 6 años, estaba viendo descargar un camión de plátanos y le pregunté a uno de los hombres que de donde venían. Me respondió que de Hispanoamérica. Desde entonces me vinieron ganas de venirme acá.

Pero el Perú no fue mi primer destino, sino Bolivia. Salí con permiso de mi obispo por 3 años, y de esto hace 43. Allí pasé 10 años, en Santa Cruz, que entonces no pasaría de 60.000 habitantes. Fue una etapa de mucho trabajo, pero muy hermosa.

Para construir una iglesia con cemento, tuve que coger el tren que iba hasta Brasil a través de la selva. En Bolivia no había fábricas de cemento. El calor era agobiante y el proyecto un tanto absurdo, pero yo iba confiando en el Señor.

Cuando llego, era entonces el mes de julio, me dicen que hasta noviembre no me pueden servir las 2.000 bolsas de cemento. Yo ruego al cielo y a la tierra, hablo con los encargados y días más tarde me preparan las 2.000 bolsas. Ahora viene un nuevo problema: que llueva. El tren tenía tres clases de pasajes: en un cajón cerrado, pero con ventana; en un cajón cerrado sin ventana donde iban los animales y en un cajón sin techo. Las bolsas sólo podían viajar en el cajón abierto. Si llovía, todas se malograrían. Tras mucho pensarlo le dije al Señor: “si tú quieres la iglesia, ya te encargarás de que no llueva”. Y me preparé para hacer el viaje con mi sotana blanca en uno de los tres vagones. No podía dejar las bolsas sin vigilancia por miedo a que me las robaran.

Ya de vuelta llegamos a un río y nos encontramos que no hay puente. Al otro lado  nos espera otro tren y nos encontramos que ha desaparecido el puente. ¿Qué hago yo para pasar las 2.000 bolsas de cemento en los pequeños botes que nos esperan? Me hablan de una tribu nativa 30 km. río arriba que dispone de más botes y más capaces. Allí me presento yo para pedir su ayuda. Al principio no me quieren ayudar, pero les doy varias estampas de la Virgen y cambian de opinión. Dos días completos nos llevó el traslado de la las bolsas. 1.500 llegaron sanas.

La construcción del templo también tuvo sus problemas. Por tres veces se nos abrieron los muros al tratar de cerrar el techo. Yo, por entonces, vivía en un establo que se había quedado sin vacas. Cuando estábamos acabando el templo y la casa parroquial se presentó un capitán con más de cien soldados pretendiendo convertir el templo en cuartel. Se estaba preparando una revolución, me dijo. Le convencí para que no utilizara la iglesia, pero le dejé la casa parroquial. Allí estuvieron mes y medio. Meses más tarde, el capitán se convirtió y fue uno de nuestros mejores bienhechores.

Tras los 10 años en Santa Cruz de Bolivia, pasé 2 en Guayaquil, en Ecuador.

Entonces, ¿cómo vino al Perú?

Vine al Perú como párroco de un naciente pueblo joven en Lima: Villa Salvador. Entonces se iniciaba el éxodo de la sierra a las ciudades grandes. Miles de familias acudían buscando una vida menos dura y se encontraban en la ciudad deseada sin ni un mal cobijo donde dormir y guardar las cuatro cosas que poseían.

En Villa Salvador también tuve que hacer de todo, pero quizá lo más significativo que viví allí fue la visita del Papa en 1985. Aunque la cosa empezó antes. A poco de ser elegido, por mi condición de polaco fui elegido por el cardenal de Lima para representar al Perú ante el Papa en Roma. Allí me presenté y toda mi ilusión era que el Papa, personalmente, me bendijera un pan que yo pensaba repartir entre mis huérfanos. Como tenía alguna amistad con el cardenal Marcinkos le pedí que me ayudara. Me dijo que era difícil, pero que tras una reunión importante con cardenales iba a pasar por un corredor con una ventanilla, que allí le podía esperar y probar suerte. Así lo hice. Cuando tras mucho esperar apareció, me dirigí a él con mi pan. Mi sorpresa fue muy grande cuando vi que se paraba a escucharme como si no tuviera nada más que hacer. Se interesó por mis huérfanos y bendijo el pan con las dos manos. Le invité a visitar mi parroquia de Villa Salvador cuando viniera al Perú y me dijo que sí que le gustaría.

Años más tarde, para sorpresa mía y de todos, el Papa vino a Villa Salvador. Casi dos millones de personas, sobre todo los pobres de los pueblos jóvenes le estábamos esperando. Yo estaba en el palco como párroco, pero el cardenal me animó a que le dijera unas palabras en polaco. Improvisé como pude y en una mezcla de polaco, inglés y algo de castellano le di la bienvenida. Él viendo mi apuro y reconociendo mi acento americano me respondió en inglés.

El orfanato que por esos días estaba poniendo en marcha lleva su nombre: Juan Pablo II porque él me dio 50.000 dólares para iniciarlo.

No fue la única visita ilustre. Años más tarde me visitó el cardenal Ratzinger deseoso de conocer la pobreza de que le había hablado el Papa. Le dije que si quería ver pobreza que viniera a la parte alta de Villa Salvador. La policía secreta que le acompañaba se opuso porque podría ser peligroso, pero él impuso su voluntad. Le llevé a ver a una buenísima señora que estaba muriendo de cáncer y nos encontramos que entre toda la miseria de Villa Salvador la estaban visitando unos niños a los que ella enseñaba el catecismo. Conteniendo a duras penas la emoción, el cardenal la bendijo y se marchó con una conmoción interior como pocas veces había sentido.

Fueron 17 años de párroco en los que vi crecer y crecer lo que al principio fue un pequeño poblado.

De allí pasé a Lurín donde inicié un orfanato para 140 chicos. Quería hacer hombres de bien de estos muchachos que han tenido tanto que pasar. Necesitaba unos 1.000 dólares al año para cada uno de ellos, pero nunca me preocupé, Dios era mi tesorero. A veces tenía que coger el avión a Estados Unidos para pedir ayuda, pero nunca nos faltó. En Lurín pasé 14 años.

De allí vine a Chontabamba hace 3 años buscando que mis muchachos, al cumplir 18 años, pudieran tener un trabajo formando una cooperativa y trabajando en el campo. También me ilusionaba que pudieran iniciar una comunidad cristiana al hacerse mayores. Pero las cosas no salieron como yo pensaba. Los muchachos, en general, prefieren la vida en la ciudad y no se sienten atraídos por el trabajo en el campo.

Pero en el Vicariato sabemos que con el orfanato su labor no se ha acabado. ¿A qué se dedica ahora?

Ahora estoy construyendo un comedor que dé trabajo en plan de cooperativa a unas cuantas personas y que sirva de ejemplo para que otros monten algo parecido, con una limpieza y un gusto que pueda atraer a turistas. Creo que la solución a la pobreza no está tanto en la llegada de dinero como en la educación que enseñe a la gente a trabajar y a plantearse las cosas de otra manera.

Además colaboro con el padre Lucho y los domingos le digo 4 misas por diferentes pueblitos alejados de Oxapampa.

¿No le da miedo a sus 79 años coger el todoterreno e irse por esos montes solo?

Yo nunca voy solo, “el de Arriba” siempre me acompaña y me ayuda. Pero si me quiere llamar, no me importa, ya sabe que viajo con el maletín listo.

Después de todo lo mucho que ha vivido, ¿hay algo que querría añadir?

Solamente esto: si volviera a nacer, haría lo mismo que he hecho.

Muchas gracias padre José por su trabajo en el Vicariato, pero sobre todo por su ejemplo de ilusión y entrega. Muchas gracias. 

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